El País de las Matemáticas

 

Mireya Marcén Uriel (Santo Domingo de Silos)

Luis es un genio de las matemáticas, le encantan los números, piensa que ellos son sus amigos, pues con ellos puede jugar a muchas cosas.

Hace dos semanas, Luis se fue a la cama, como siempre, a las nueve y media, apenas se había acostado notó que algo le rozaba, algo que era grande y que tenía vida. Cuando se retiró para verlo mejor descubrió que era el número tres, pero... ¡Era fantástico!, tenía ojos, boca, brazos y piernas. Mirando a su alrededor comprobó que había más números, estaban todos incluso el cero entonces... Él estaba en El País de los Números.

Aquello le parecía fantástico, podía sumar, restar, hacer raíces cuadradas... Podía coger de la mano a los números y si cogía el dos y el uno formaba el 21 y si además ponía detrás del uno el ocho, se formaba el 218. Tras realizar miles de operaciones con sus ya amigos, los números, se dio cuenta de que donde estaba no era en El País de los Números, sino en El País de las Matemáticas y así se lo dijo a ellos cuando pararon un rato a descansar.

Luis estaba tan contento de visitar El País de las Matemáticas que no se daba cuenta del grave problema que había. Fue a hablar con el número cinco y le preguntó qué era lo que le ocurría.

Él le explicó que las matemáticas tienen sentimientos, pero Luis no le entendía muy bien. Así que el número cinco le dijo que los niños cada vez odiaban más las matemáticas, que no jugaban con los números y cuando lo hacían los empleaban mal y eso les hacía daño. Luis se quedó muy triste y prometió que les ayudaría a todos los números de aquel extraño pais.

Al despertar, se acordó de que tenía que hacer una redacción ¡ya sabía de que hablar! Al día siguiente explicó a toda la clase la gran importancia que tienen las matemáticas y cómo sufrían los números cuando no se los utilizaban bien.

Sus compañeros también sufrían con los números, sobre todo cuando no los entendían. Cuando llegó a casa, decidió echarse una siesta. Volvió a El País de la Matemáticas. La última vez el país estaba triste porque a nadie le interesaba trabajar con los números, pero después de los comentarios leídos en clase, los números estaban alegres, trabajaban y las matemáticas eran el gran paraíso con el que Luis había soñado toda su vida, se sentía tremendamente ilusionado.

Cuando despertó, hizo sus tareas, entre ellas, las matemáticas y jugó con los números como lo había hecho en su sueño. Y así fue siempre para él, fue a la Universidad, estudió Ciencias Exactas y comenzó a realizar su gran sueño, que se cumplió: convertirse en profesor de matemáticas.

Sus alumnos sacaban muy buenas notas en esa asignatura y los otros profesores no se explicaban por qué en las demás asignaturas no sucedía lo mismo, pues siempre habían sido las matemáticas la asignatura más difícil de aprobar. Cuando le preguntaban a Luis cuál era la fórmula secreta de su éxito él siempre respondía lo mismo: "No lo sé, yo sólo juego con los números".

Y, en realidad, así era. Al entrar a clase decía: "Hoy jugaremos con los siguientes números"... Y con esos que había dicho, explicaba potencias, raíces cuadradas, sumas, multiplicaciones, problemas... Casi nunca utilizaba todos los números, para que no se cansaran, un día la mitad y al día siguiente la otra mitad, así todos estaban contentos. Cuando salía un día soleado al dos le ponían gafas de sol, cuando salía un día frío al ocho le ponía una bufanda y si llovía, al uno le ponían un paraguas, siempre los trataba como amigos y eso es lo que eran para él.

Luis nunca volvió a tener aquellos sueños de su infancia, pero cumplió su promesa de ayudar a los números y de hacer fácil y divertida esa asignatura, porque él quería a los números y amaba su profesión.

Él siempre vivió en un país de matemáticas pero no frío y calculador sino con sentimientos y lo supo transmitir a todo sus alumnos.

 

 

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